lunes, 17 de enero de 2011

Iglesia y Estado

FILOSOFANDO CON UNGA 
FRANCISCO FLORES AGUIRRE Y
FRANCISCO FLORES LEGARDA

Iglesia y Estado

“Todo el mal que puede desplegarse en el mundo se esconde en un nido de Traidores” Francesco Pretarca.

Para que se acuerden nos cuenta Paco Ignacio Taibo II en su libro Temporada de Zopilotes, que el General Huerta le tenia colocada por el bando a contrario de don Pancho I. Madero, algunas ametralladoras nuevas para la época, en lugares estratégicos por el cual no podían tomar la Ciudadela: Una de ellas estaba en la torre de catedral; “Una sola buena noticia para el presidente (Madero) los aspirantes que estaban actuando como francotiradores en la torre de catedral, se han fugado con la complicidad de los sacerdotes disfrazados de curas, claro.”

Los hombres y las mujeres de México, desde el siglo XVIII hasta la fecha, han escudriñado en la historia con una curiosidad que está llena de esperanza, pero a la vez también de angustia y preocupación. Percibimos un viraje en la situación actual de México, sin que podamos de momento calibrar exactamente la amplitud y profundidad de este giro. Es posible escrutar cuales son las fuerzas impulsoras del desarrollo histórico de México con sólo contemplar su curso, la formación de sus estructuras actuales y el proceso de su dinamismo.

En tiempos tales como los presentes, solemos decir que somos los únicos que tenemos la verdad. Los fanáticos recalcitrantes se dan en todos los niveles: desde el fanático cristiano ultraderechista que sólo ve “moros con tranchetes” o trabajadores que no ayudan a crecer el capital hasta la otra polaridad socialista tan maltratada y tan poco comprendida; y aún otra posición de los que quieren ser ecuánimes, acusando ambas corrientes de fascistas sin siquiera conocer el significado ideológico de esta doctrina. Buena falta nos hace una dosis de tolerancia y de respeto a la forma de pensar del otro y que al fin de cuentas permiten mantener un equilibrio social.

Es profética la afirmación de san agustín en su obra La Ciudad de Dios, cuando dice:

“Dos amores fundaron pues dos ciudades, a saber el amor propio hasta el desprecio de Dios, la terrena y el amor de Dios hasta el desprecio de si propio, la celestial.... He dividido a la humanidad en dos grandes grupos: uno, el de aquellos que viven según el hombre, y otro, el de los que viven según Dios.... El primer hijo de los primeros padres del género humano fue Caín, que pertenece a la ciudad de los hombres, y el segundo, Abel el cual forma parte de la ciudad de Dios.”

Desde el reconocimiento en el año 313 de la libertad religiosa por Constantino y Licinio, en el Edicto de Milán, colocan al cristianismo en condiciones igualitarias frente a las otras religiones. Y así lo afirman:

“Yo, Constantino Augusto, y yo también Licinio Augusto, reunidos felizmente en Milán para tratar de todos los problemas que afectan a la seguridad y el bienestar publico, hemos creído nuestro deber tratar junto con los restantes asuntos que veíamos merecían nuestra primer atención para el bien de la mayoría, tratar, repetimos de aquellos en los que radica el respecto de la divinidad, a fin de conceder tanto a los cristianos como a todos los demás, facultad de seguir libremente la religión que cada cual quiera, de tal modo que toda clase de divinidad que habite la morada celeste nos sea propicia a nosotros y a todos los que están bajo nuestra autoridad”

Esta postura fue reforzada en el año 380 por el Edicto de Tesalónica cuando proclama al cristianismo religión oficial del Imperio. Y que como una nota del tiempo cuando Juán José Arreóla visitó Chihuahua, señaló que en ese momento la Iglesia Católica perdió su prístina santidad.

Este edicto así lo describe:

“Queremos que todas las gentes que estén sometidas a nuestra clemencia sigan la religión que el divino apóstol Pedro predicó a los romanos y que perpetuada hasta nuestros días, es el más fiel testigo de las predicaciones del apóstol, religión que siguió también el Papa Dámaso y Pedro, Obispo de Alejandría, varón de insigne santidad de tal modo que según las enseñanzas de los apóstoles y las contenidas en el Evangelio, creamos en la Trinidad del Padre Hijo y Espíritu Santo, un solo Dios y tres personas con el mismo poder y majestad.

Ordenamos que de acuerdo con esta ley todas las gentes abracen el nombre de cristianos y católicos, declarando que los dementes o insensatos que sostienen la herejía y cuyas reuniones no reciben el nombre de iglesias, han de ser castigadas primero por la justicia divina y después por la pena que lleva inherente el cumplimiento de nuestro mandato, mandato que proviene de la voluntad de Dios.” (C. Th. XVI, 1-2 a. 380, citado por M. Artola, Textos Fundamentales para la Historia, p.p. 21-23).

Desde entonces se ha creado la confusión entre sociedad política y sociedad religiosa que lleva en el fondo el problema del poder supremo de preguntarse en dónde radica finalmente la autoridad.

Así el Papa Inocencio III se atribuye el derecho de juzgar la capacidad del emperador electo en la bula Venerabilem de 1208 y al formular la teoría de la luna y del sol:

“Del mismo modo que Dios, creador del universo colocó en el firmamento dos grandes astros, el mayor para iluminar el día y el más pequeño en la noche así también en el espacio universal, llamado Iglesia con celeste nombre, estableció dos potestades suprema, la autoridad de los pontífices y la potestad real, para que estén al frente de las almas la mayor y de los cuerpos la menor, comparado respectivamente al día y la noche. Por lo tanto, lo mismo que la luna, porque recibe la luz del sol es inferior a él no solo en cuanto a la cantidad, sino en calidad, así como en volumen y en efectos, igualmente el resplandor de la potestad real dimana de la autoridad pontificia, y cuanto más se aproxima su presencia menor es su luz y brilla con tanta mayor nitidez cuando más lejana está.” (Epístola Sicut Universitatis conditor, 1198, apud S. Balzzius: Epístolarun Inocentii III, I, 234; citado por M. Artola, Textos Fundamentales para la Historia, p. 126).”

Por otro lado, la consolidación de las monarquías nacionales condujo a una renovación de los antagonismos con la Iglesia. El conflicto desembocó en la eliminación de la teocracia pontificia y el triunfo del espíritu laico, tanto en el orden institucional, como en doctrinal, donde Marsilio de Padua -Defensor Pacis (1314-1320)- afirma la superioridad del estado al no reconocer ningún tipo de jurisdicción a la Iglesia, por cuanto ley divina impone penas ultraterrenas, en tanto que toda pena terrenal –símbolo de la capacidad jurisdiccional- es de exclusiva competencia de la autoridad temporal del príncipe, y así lo defiende:

“De acuerdo, por tanto a la verdad y a la clara intención del apóstol y de los santos, máximos maestros de la iglesia o de la fe no se dispone que nadie, ni siquiera un infiel, pueda ser compelido en este mundo por medio de la amenaza o el castigo a observar las normas de la ley evangélica; y de aquí que los ministros de esta ley, los obispos y sacerdotes, no pueden ni deben juzgar a nadie en este mundo por el juicio de este tercer tipo, ni obligar mediante la amenaza o el castigo, a observar los mandamientos de la ley divina, especialmente sin la autorización del legislador humano; porque tal juicio coercitivo no debe, de acuerdo con la ley divina, ejercerse o ejecutarse en este mundo sino solamente en el futuro.... Se ve por tanto, que, de acuerdo con las palabras de cristo en el evangelio y el testimonio de los santos, cristo no ejerció en este mundo el poder judicial, coercitivo, al que llamamos juicio en el tercer sentido, sino que, como si fuese un siervo, sufrió este juicio de otro hombre; y solo cuando ejerce el poder coercitivo del juez en el otro mundo y no antes, tomarán los apóstoles asiento a su lado para realizar tales juicios.

De aquí que sea realmente asombroso que un obispo o sacerdote, cualquiera que sea, asuma por si una autoridad mayor de la que cristo y sus apóstoles tuvieron en este mundo. Por cuanto ellos fueron juzgados, como si fuesen siervos, o los gobernantes, mientras sus sucesores, no solo se negaron a someterse a los gobernantes, en contra del ejemplo y mandato de cristo y a los apóstoles, sino que incluso pretenden ser superiores en poder coercitivo a los máximos poderes gobernantes.” (Marsilio de Padua. Defensor Pacis, 1325, M. Artola, Textos Fundamentales para la Historia, p.p. 132-133).

El pueblo cristiano para la solución de sus problemas espirituales requiere de guías espirituales no de líderes políticos.

Para participar en política, el pueblo decide los líderes que quiere tener. Y si no ha escogido a sus mejores hombres, tendrá el gobierno que se merece.

Estimados hermanos, pastores religiosos: Si alguno de ustedes le interesa tanto la realidad humana concreta de este mundo y se les hace poco cumplir con la vida personal o con la familiar, base y proyección para el orden profesional, económico, social, político y religioso; y si creen que pueden ser todólogos, dando la soluciones en todos los órdenes, los invitamos a despojarse de sus vestiduras de quijotes y verán que los molinos de viento, ya se han convertido no en gigantes, sino en monstruos apocalípticos.

Es fácil criticar al mundo laico, cuando no se esté en él. Si se quiere participar en su transformación mundana, la cual tanto les preocupa, éntrenle al toro con nosotros y se van a dar cuenta que estos animales se perciben diferentes cuando se está detrás de la barrera y con el estómago lleno.

Zapatero a tus zapatos, dicen Los Hechos de los Apóstoles:

“Por aquellos días, habiendo aumentado el número de los discípulos, los helenistas se quejaron contra los hebreos, porque sus viudas eran desatendidas en el servicio diario.

Los Doce reunieron a la Asamblea de los discípulos y les dijeron: `No es conveniente que descuidemos la palabra de Dios por el servicio de las mesas. Por eso busquen de entre ustedes a siete hombres de buena fama, llenos del Espíritu Santo y de su sabiduría, para confiarles este oficio. Nosotros nos dedicaremos a la oración y al ministerio de la palabra.’

Toda La Asamblea estuvo de acuerdo y eligieron a Esteban, hombre lleno de fe y del Espíritu Santo, a Felipe, Proco, Nicanor, Timón, Parmenas y Nicolás, prosélito de Antioquía; los presentaron a los Apóstoles, quienes, después de orar, les impusieron las manos.

La palabra de Dios se difundía y el número de los discípulos en Jerusalén aumentaba considerablemente. Incluso un gran número de sacerdotes aceptaron la fe.”(Hechos de los Apóstoles, 6, 1-7).

¿Es la palabra de Dios, manifestada en el Nuevo Testamento viejo y obsoleto argumento de otra época?


Ahora, según San Agustín, ¿A cuál bando pertenece: a la ciudad de Dios o a la ciudad de los Hombres? Finalmente, a cuál ciudad quiere pertenecer según B. Brecht: El señor K. prefería la ciudad B. a la ciudad A. En la ciudad B. lo trataban con amabilidad. En la ciudad A. todos procuraban serle útiles, pero en la ciudad B. lo necesitaban. En la ciudad A. lo invitaban a la mesa, en la ciudad B. lo invitaban a la cocina.

Total, una vida sin reflexión y amor al trabajo no merece vivirse….y desde luego salud y larga vida.
 
Publicado por Francisco Flores Legarda para CHILE CON QUESO el 1/17/2011 10:18:00 AM

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